Lo bloqueaste. Y aun así sigues entrando a mirar.

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Autora:
Daniela E. Correa Toro
Psicóloga
Lo bloqueaste. Y aun así sigues entrando a mirar.

Casi siempre pasa de noche. El día ya terminó, la casa está en silencio, y de pronto tienes el celular en la mano y su nombre escrito en el buscador. A veces desde otra cuenta. A veces solo para ver si la foto de perfil sigue siendo la misma.

Miras unos segundos. Sientes algo en el pecho, alivio o un golpe, a veces las dos cosas. Cierras la aplicación y te dices, otra vez: "Esta fue la última."

Lo escucho mucho en consulta, casi siempre con vergüenza, como si fuera una confesión: "Dani, yo sé que no quiero volver. Entonces, ¿por qué sigo mirando?"

El ciclo de revisar el perfil de tu ex

Quiero empezar por ahí, por la vergüenza, porque creo que es lo que más pesa. Revisar el perfil de alguien que te hizo falta no te hace débil ni tonta o tonto, y no significa que no hayas avanzado nada. Significa que algo en ti sigue buscando una respuesta.

Lo que el bloqueo no alcanza a cerrar

Bloquear es una decisión que se toma con la cabeza, y muchas veces es la decisión correcta. Pero la cabeza no es la única que estuvo en esa relación.

Está la parte de ti que se acostumbró a saber de esa persona cada día. La que sigue esperando el mensaje de buenas noches aunque ya no llegue. La que todavía se pregunta, en voz baja, ¿le importé?, ¿me extraña?, ¿ya me reemplazó?

Esas preguntas no se apagan cuando presionas "bloquear". Siguen ahí, y la mente, que tolera muy mal no saber, busca la forma más rápida de responderlas. Entrar a mirar es esa forma.

Y por un momento funciona. Durante dos minutos sientes que tienes un poco de control: sabes algo, confirmas algo, la ansiedad baja. Luego vuelve, a veces más fuerte, y con ella las ganas de mirar otra vez. Así, sin darte cuenta, el vínculo que terminaste sigue abierto por una rendija.

Lo que buscas allí casi nunca está allí

Hay algo que me gusta preguntar cuando alguien me cuenta esto: ¿qué esperabas encontrar?

Casi nunca la respuesta es "una foto". Es otra cosa. Es saber que no fuiste fácil de olvidar. Es encontrar una señal de que también le duele. Es entender por qué terminó como terminó. Es, muchas veces, recuperar un poco de valor propio.

Y nada de eso está en un perfil. Una historia no te dice si importaste. Una foto con alguien más no dice nada sobre lo que tú vales. Por eso, después de mirar, casi siempre queda la misma sensación de vacío: fuiste a buscar algo a un lugar donde no estaba.

Lo sé también desde mi propia historia: entender lo que te está pasando no siempre alcanza para dejar de hacerlo. Se puede saber exactamente qué está ocurriendo, y aun así volver.

Mirarte a ti en lugar de mirar su perfil

No creo que la salida sea pelear contigo cada noche ni castigarte cada vez que recaes. Creo que empieza por algo más suave: notar el momento.

¿Cuándo te dan ganas de mirar? ¿Qué acaba de pasar? ¿Estás cansada o cansado, sola o solo, con miedo? Muchas veces, justo antes de abrir la aplicación, hay una emoción pidiendo atención: soledad, ansiedad, la sensación de que nadie te está pensando.

Y esa emoción merece que la mires a ella, no a su perfil.

A veces basta con quedarte con esa pregunta unos segundos: ¿qué estoy sintiendo ahora mismo que quiero calmar con esto? No para prohibirte nada, sino para empezar a cuidarte tú, en lugar de esperar que una pantalla lo haga.

Si un día vuelves a mirar, no empiezas de cero. Soltar casi nunca es una línea recta. Es ir notando, poco a poco, que ya no necesitas buscarte en la vida de alguien que se fue.

Si esto te tocó y quieres hablarlo con alguien, aquí estoy.

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